Claudia era una ama de casa en una familia común. Tenía un hijo, Pedro, de 8 años, un niño muy solitario y triste, que sufría acoso escolar. Al pequeño le encantaba el baloncesto, pero los compañeros no le dejaban jugar, siempre le insultaban y empujaban, porqué le culpaban de haber perdido un partido por su torpeza. Aún así, él se iba solo todos los días a jugar al parque con su pelota. Pedro no quería hablar con su madre de sus problemas; insistía en lo de «Yo no tengo ningún problema ». Para Claudia lo más duro era que Pedro no le abriera su corazón. Aunque ella intentara ayudarlo, él sólo le decía: «¡No me des la lata!», «¡Déjame en paz!».

Una noche como otra cualquiera, Claudia discutió con su marido:

 –¿Qué me quieres decir, que yo tengo un problema? ¡Es natural que esté preocupada! ¡Soy su madre! Tú te pasas el día en el camión y por eso estás tan tranquilo. Quien está realmente educando a Pedro soy yo.

Una semana después Claudia estaba completamente destrozada y dispuesta a agarrarse a un clavo ardiendo así que decidió llamar a José, un conocido de su marido, que era mediador familiar y sabía mucho de conflictos familiares.

Quedaron en una cafetería y José le dijo que si quería solucionarlo, por supuesto que era posible.

Estoy dispuesta a hacer lo que sea ¿Qué tengo que hacer ?

Primero, lo que está claro es que usted siente rencor hacia alguien muy cercano.

¿Qué relación tienen los maltratos de mi hijo en el colegio con mi situación personal? A mí todo esto me suena un poco raro.

No es raro que piense así. Al fin y al cabo, lo que nos enseñan en el colegio siempre se centra en lo que puede verse con los ojos. ¿Conoce la ley del espejo? Los acontecimientos que ocurren en nuestro día a día son el «resultado». Cada «resultado» siempre tiene un «motivo». Y ese motivo se halla en su interior. Es decir, debe saber que la realidad de su vida es el espejo que refleja su interior. Por ejemplo, cuando se mira en el espejo se da cuenta de «¡Ah! «Hoy tengo mala cara». ¿Verdad que sin espejo uno no puede verse a sí mismo? Gracias al espejo que es la vida podemos darnos cuenta de quienes somos, y tenemos la oportunidad de cambiar.

¿Qué reflejan mis preocupaciones sobre mí?

El resultado de lo que le está ocurriendo a usted es: «Mi querido hijo tiene problemas debido a que alguien le culpa». Una posible causa es que «usted está culpando a alguien a quien debería querer». Por ejemplo, ¿qué tal la persona más cercana, su marido?

Yo le estoy agradecida a mi marido. Gracias a su trabajo como camionero podemos comer. Respecto al problema con Pedro, ¿cómo le va con su marido?

Me lamento con mi marido de los maltratos que recibe Pedro en el colegio, pero como, diga lo que me diga, no me parecerá bien, de hecho todavía no lo hemos discutido seriamente. Me temo que mi marido es el tipo de persona que más me cuesta aceptar.

Entiendo. Creo que hay otra causa que es la esencial. Antes de conseguir que acepte a su marido será necesario solucionarla. Ante todo, es necesario que encontremos la causa básica que impide que pueda aceptar a su marido. Permita que le pregunte, ¿usted le está agradecida a su padre?

¿A mi padre? Pues claro que le estoy agradecida…

 –Pero, en el fondo, ¿no siente «No se lo puedo perdonar»?

A Claudia, eso de «no se lo puedo perdonar» la impactó. Pensó: «De hecho, quizás todavía no haya perdonado a mi padre». Nuestra relación ha sido siempre distante y fría; es un completo desconocido para mí.

Creo que no he perdonado a mi padre. Y no estoy segura de poder hacerlo.

Ya veo. No parece que pueda llegar a perdonarle. Aun así, ¿quiere por lo menos intentarlo?

¿Es realmente cierto que la causa de mis preocupaciones está relacionada con mi padre y con mi marido?

Esto creo que lo verá cuando lo intente.

De acuerdo. Dígame lo que tengo que hacer.

José le dio a Claudia una serie de pautas para que las hiciera en casa y luego llamara a su padre para transmitirle todo lo que sentía. Esa misma tarde, Claudia se armó de valor y llamó a su padre: Le dijo todo lo que sentía, sus emociones ocultas y reprimidas durante todo este tiempo. El padre se echó a llorar y, tras muchos años, se sinceraron y solucionaron sus conflictos. Después de esto, Claudia llamó a José y le contó todo lo ocurrido, a lo que este contestó:

-Veo que ahora puede aceptar la preocupación por Pedro de forma constructiva. Casi todos los problemas que surgen en la vida ocurren para darnos cuenta de algo importante. Es decir, que no suceden por casualidad; pasa inevitablemente lo que debe pasar.

Claudia se puso a pensar en su marido y en que estaba reflejando el rencor de su padre también hacia él. Mientras pensaba en todo esto, había oscurecido. Desde que había llamado a José sólo había estado enfrentándose a sí misma. «¿Qué prepararé para cenar?» Precisamente después de pensar esto, llegó Pedro.

¡Mamá! ¿Me estás escuchando?

¿Qué ocurre? ¿Ha pasado algo?

¿Te acuerdas de Alejandro? Ayer me dio un golpe con el balón.

¿Ah, sí? es el niño que más te molesta, ¿no?

Pues ahora mismo, cuando ya regresaba a casa, ha venido al parque. Y se ha disculpado diciendo: «Perdona que siempre te moleste, eh».

iAh sí! —(Y mientras decía esto notaba como si estuviera ocurriendo un milagro. Le pareció que sin duda estaba relacionado con el hecho de haber hecho las paces sinceramente con su padre.). Pedro, lamento mucho haber estado metiéndome en tus cosas. A partir de ahora, cuando necesites que te ayude no dudes en decírmelo. ¿De acuerdo? Porque confío en ti.

El rostro de Pedro mostraba una gran alegría, y dijo:

De acuerdo. Gracias.

Como es natural, Pedro deseaba que confiara en él.

¡Hoy es un gran día! Las cosas buenas vienen una tras otra —continuó Pedro. Claudia también estaba eufórica.

Ya estaba lista la cena.

Yo quiero esperar a papá para cenar, así que tú empieza a comer.

¿Por qué? Si tú siempre comes antes.

Hoy tengo ganas de cenar con papá. Papá trabaja mucho por nosotros y llega cansado a casa.

¡Pues yo también quiero cenar con papá!

Será más divertido si comemos los tres juntos.

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